28.12.2014
El impostor verosímil: modelo para armar

Javier CERCAS: El impostor, Random House (Barcelona, 2014), 356 páginas

    En su Historia universal de la infamia (1936) Borges nos regaló la historia de Tom Castro, un impostor inverosímil que suplantó a un apuesto oficial inglés ahogado en un naufragio, porque “todas las similitudes logradas no harían otra cosa que destacar ciertas diferencias inevitables”. ¿Por qué Tom Castro logró engañar a la madre del finado Roger Tichborne? Porque Lady Tichborne no sólo quería creer que su hijo seguía vivo, sino que además estaba dispuesta a reconocerlo. En El impostor –una novela sin ficción, especifica el autor- Javier Cercas reconstruye la historia real de Enric Marco, un hombre que se inventó una biografía de héroe anarquista en la Cataluña de los años 30 del siglo XX, soldado republicano durante la guerra civil española, combatiente deportado tras la derrota, prisionero de un campo de concentración nazi y luchador clandestino contra la dictadura franquista entre los años 50 y 70. Me ahorro los detalles de la vida heroica y fascinante que Enric Marcó se construyó, para apuntar que gracias a sus embustes llegó a ser secretario general del sindicato anarquista, más tarde dirigente de una federación educativa catalana e incluso presidente de la Amical de Mauthausen, plataforma que agrupaba a los antiguos presos españoles de los campos nazis de concentración. ¿Por qué Enric Marco logró engañar a casi toda la izquierda española con sus mentiras delirantes? Porque la izquierda española no sólo quería creer que Marco era un héroe, sino que además estaba dispuesta a reconocerlo. La única diferencia entre Tom Castro y Enric Marco es que el primero era inverosímil y el segundo todo lo contrario.
    Para el lector no español resultaría mucho más sencillo teclear el nombre de Enric Marco en cualquier buscador, para disponer de golpe de la información más completa sobre sus engaños, invenciones y fechorías. Javier Cercas llega a reconocerle un cierto talento, aunque a mí me gustaría añadir una variable al respecto: si Enric Marco hubiera sido uno más de los miles de individuos que asegura haber sido abducido y secuestrado por extraterrestres, sin duda de nada le habría valido tener talento. Por el contrario, Enric Marco fabricó una gran mentira cuya verosimilitud era inversamente proporcional al presunto talento aplicado en construirla. En realidad, no hacía falta tener demasiado talento para engatusar a millones de personas dispuestas a canonizar en vida a cualquiera que pareciera un «Soldado de Salamina», por emplear el título de la célebre novela del propio autor y que el mismo Javier Cercas somete al juicio de los lectores, en el capítulo de más enjundia de El impostor.
    Por lo tanto, asumiendo que el lector curioso se informará por su cuenta de quién es Enric Marco, paso a exponer los tres puntos que considero esenciales en el nuevo libro de Javier Cercas. Primero, la impostura como fenómeno. Segundo, la «industria de la memoria» en tiempos políticamente correctos. Y tercero, el contrapunto que Cercas propone entre la ficción literaria (el Quijote) y la ficción biográfica (Enric Marco) con Soldados de Salamina al fondo. No dudo de que otro comentarista priorizaría temas distintos, pero estos son los que me han llamado más la atención a mí.
    ¿Por qué alguien sucumbe a la tentación de mentir sobre su vida, inventarse un personaje o hacernos creer quien no es? En honor a la verdad, actos semejantes se llevan a cabo muchas veces para enamorar a otra persona o para engañar a la pareja. ¿Es más reprobable mentirle a millones de personas que solamente a las personas que uno quiere? No es una cuestión de número, aunque Enric Marco trató de justificar sus embustes precisamente esgrimiendo que sus «mentiras individuales» permitieron que la «verdad histórica» llegara a millones de personas. Cambiemos de ejemplo. ¿Cuántas imposturas toleramos gracias a las nuevas tecnologías? ¿Es que alguien cree con sinceridad que los políticos y empresarios que son tan activos en las redes sociales escriben personalmente todo lo que sale de sus cuentas de twitter o facebook? ¿Es que alguien piensa de verdad que los políticos escriben de su puño y tecla todos los artículos que les publican los periódicos? Y sin embargo esas imposturas nos las envainamos con más naturalidad que indignación.
    Por otro lado, Javier Cercas dedica un capítulo de El impostor a la llamada «industria de la memoria» y yo añado «políticamente correcta». Tal como los hombres y mujeres del barroco buscaban de forma empedernida ejemplos vivientes de santidad, las izquierdas en las sociedades post-dictatoriales se apresuran a canonizar «santos laicos» de la resistencia, la revolución y la clandestinidad, porque su fe ideológica precisa contar con figuras ejemplares. Enric Marco no es peor que otros falsos héroes de la resistencia francesa, de la oposición pinochetista o del antifascismo italiano, por no hablar de tantos líderes de la izquierda española nacidos en el seno de familias falangistas y que no dudaron en maquillar el historial de sus padres para presentarse como luchadores antifranquistas por los «cuatro costados», cual hidalgos antiguos. No quiero decir que el oportunismo y los trampantojos sean monopolios de la izquierda. De ninguna manera. Mas sí afirmo que hoy sólo podrían ser héroes aquellos individuos que encarnen –veraz o falazmente- los ideales de la izquierda.
    Finalmente, me ha parecido memorable la discusión que fantasea Javier Cercas con el impostor, donde el falso héroe le reprocha al narrador que no se haya dado cuenta que él –Enric Marco- era un Miralles de carne y hueso. Es decir, el protagonista de Soldados de Salamina encarnado. Cuando la impostura de Marco quedó al descubierto hace casi diez años fue lo primero que pensé y además se me antojó lo más lógico, pues aquella estupenda novela de Javier Cercas fue la célula madre de un centón de mediocres imitaciones que no sólo empobrecieron la literatura española, sino que convirtieron la guerra civil en una suerte de parque temático novelesco. Y aquí viene mi argumento principal: si Alonso Quijano enloqueció por leer libros de caballerías, ¿cuántos lectores contemporáneos «enloquecieron» en España por leer ficciones sobre la guerra civil? Enric Marco –el progre compositum, el héroe que había luchado por la República, que fue prisionero de los nazis y que conspiró sin descanso contra la dictadura franquista- era el protagonista perfecto del culebrón políticamente correcto que la izquierda española había soñado y que todavía no ha concluido, porque el casting continúa.
    El impostor es una novela sin ficción –Cercas dixit-, pero además un manual de instrucciones para fabricar héroes, allí donde la «industria de la memoria» sea capaz de rentabilizarlos.