Octubre de 2015
Dónde donar el rosario de su madre

    El mundo está lleno de museos extravagantes y sofisticados -como el Museo del Pene de Reikiavic, el Museo de las Ánimas Benditas en Roma o el Museo de la Comida Quemada de Massachusetts-, aunque muy pocos podrían ser más delirantes, divertidos y horteras –ese magma fosforescente de amor, ternura y diseño- que el Museo de las Relaciones Rotas de Zagreb (www.brokenships.com).
    Los enamoramientos no sólo son generosos sino absolutamente cachivacheros, pues los amantes propenden al regalo inútil, absurdo y rechinante. Cuando las relaciones son leales y duraderas el personal procura disponer de espacio físico y sentimental para tales objetos, pero si la relación termina malamente después de un episodio chungo de la muerte, él no quiere volver a usar esos calzoncillos bordados con el nombre de ella, y a ella por fin se le presenta la ocasión de librarse de aquel gigantesco dromedario de peluche que le encasquetaron en cualquier aniversario. Y conste que sólo me refiero a toda esa quincallería sentimental que sólo atesoramos mientras estamos enamorados.
    La idea del museo nació en 2003, cuando la cineasta Olinka Vištica y el escultor Dražen Grubišić decidieron separarse y descubrieron que entre sus bienes gananciales había centenares de trastos que ninguno de los dos quería conservar. Aquella fue la colección primigenia del Museum of Broken Relationships, que entre 2006 y 2010 consistió en una muestra itinerante que convocó a cientos de miles de curiosos. Desde 2010 el museo tiene su sede en el palacio Kulmer de Zagreb y ha ganado importantes premios como el Kenneth Hudson Award y el European Museum Forum.
    Cualquiera puede donar un cachivache huérfano de custodia amorosa siempre y cuando lo acompañe de un testimonio personal. Y aquí es donde el museo alcanza sus cotas más altas, pues en medio del pudor, la tragedia, la intensidad y el resentimiento, brillan con luz propia los cínicos, los rijosos, los «bienfollaos» y cuantos no han desperdiciado la oportunidad de reírse de sí mismos tras una catarsis sentimental. El museo saca petróleo de esos espontáneos humoristas, pues el catálogo oficial se abre con una cita de los Fragmentos de un discurso amoroso (1977) de Roland Barthes que es una invitación al exhibicionismo: “Cada pasión, en definitiva, tiene su espectador. Y no existe oblación amorosa sin un final teatral”. Por eso no me sentí un voyeur cuando visité el museo, pues para mí era evidente que cada objeto formaba parte de una representación y que el testimonio performativo de los donantes definía el registro: drama, tragedia, musical, comedia, sainete o vodevil.
    Me sorprendió no encontrar piezas donadas por exparejas españolas, así como la ingente cantidad de objetos regalados y narrados por alemanes, canadienses, holandeses y suizos. En medio de aquel exagerado esplendor de lencería, cartas, peluches y vinilos, brillaban con luz propia las hachas, los vestidos de novia, las dentaduras postizas, los análisis clínicos, las piernas ortopédicas, los látigos sicodélicos, las máscaras de lucha libre y todo lo que usted nunca imaginó que le regalarían pero que terminó envainándose.
    Una vieja canción peruana popularizada por Almodóvar en Carne trémula (1997), recogía la demanda de un examante que exigía la devolución de una reliquia materna. Creo que nada nos representaría mejor en Zagreb a los hispanohablantes, que esa alhaja bendita dentro de un sagrario de metacrilato: «El rosario de su madre».