17.04.2016
Un Inca en Sevilla

    El próximo 23 de abril los peruanos celebraremos con todos los hispanohablantes los 400 años del Inca Garcilaso de la Vega, primer escritor del Nuevo Mundo que falleció con diferencia de unos días el mismo año que Cervantes y Shakespeare. Cuatro siglos antes que empezáramos a hablar de globalización, un joven nacido en Cusco y cuya lengua materna era el quechua, llegó a Andalucía para traducir del italiano y escribir en español. El Inca se avecindó primero en Montilla y más tarde en Córdoba, pero vino a Sevilla con frecuencia para comprar libros, recoger noticias americanas y curiosear por los alrededores de la Casa de Contratación. De sus Comentarios Reales (1609) espigo algunos episodios de sus escapadas sevillanas.
    Por ejemplo, para describir cómo era el pontón de canoas y pajas que los incas mandaron construir en el río Desaguadero, Garcilaso hizo el paralelo con el puente que unía Sevilla con Triana: “Está sobre el agua como la de Sevilla, que es de barcos”. También se refirió el Inca a las chaquiras peruanas de plata precisando que “los mejores plateros que en Sevilla conocí me preguntaban cómo las hacían”. Y si alguien preparaba conservas o compotas con frutas americanas la opinión de Garcilaso era requerida, pues “en Sevilla vi la del sauintu [guayaba], que la trajo del Nombre de Dios un pasajero amigo mío, y por ser fruta de mi tierra me convidó a ella”. Con todo, una de las anécdotas más divertidas es la de un loro peruano de la calle Francos que “en viendo pasar un cierto médico indigno del nombre, le decía tantas palabras afrentosas que le forzó a dar queja de él. La justicia mandó a su dueño que no lo tuviese en la calle, so pena que se lo entregarían al ofendido”.
    Sin embargo, la referencia sevillana más notable se me antoja que debería ser la de la famosa perla más conocida como la «Peregrina». Escribió el Inca: “vi en Sevilla, año de mil y quinientos y setenta y nueve, que fue una perla que trajo de Panamá un caballero que se decía Don Diego de Témez, dedicada para el Rey Don Felipe Segundo. Era la perla del tamaño y talle […] como un huevo de paloma de los grandes […] y que no tenía precio, porque era una sola en el mundo, y así la llamaron la Peregrina”. La «Peregrina» fue pintada por Tiziano y Velázquez, perteneció a las reinas de España hasta que Napoleón Bonaparte se la llevó como botín de guerra; Napoleón III la vendió en Inglaterra y así pasó de mano en mano hasta que Richard Burton la compró para seducir a Liz Taylor, quien la lució en «Ana la de los mil días» (1969). La «Peregrina» se subastó por última vez en 2011 y fue vendida por 11 millones de dólares en la sala Christie’s de Nueva York.
    Desde el año 2000 mi columna de ABC de Sevilla lleva por título «Comentarios Reales» en honor a mi paisano, quien siempre escribió lo que vio, como aquella gigantesca perla que financió la libertad de un esclavo, el exilio de un emperador y la conquista de una bellísima actriz. Según el Inca “en Sevilla la iban a ver por cosa milagrosa”.